Principios de una constitucion socioambiental sostenible

De Constitución Popular
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¿POR QUÉ ES IMPORTANTE CONSIDERAR AL AMBIENTE EN UNA SOCIEDAD?[editar]

Planteamiento del Problema: Cambio Global HOY[editar]

Hoy en día es indiscutible que las acciones humanas han modificado enormemente y a escala global todos los procesos naturales que mantienen al planeta en el estado en que la conocemos, hecho conocido como cambio global, y que se soporta y avala con gran consenso por todas las áreas de la ciencia basada en evidencia (ver últimos informes IPCC 2018 y 2019). En otras palabras: las acciones humanas están alterando en gran medida las relaciones que la biósfera ha sostenido durante el último tiempo geológico, y estamos prontos a experimentar, si no se producen cambios en forma inmediata, un nuevo estado planetario que desconocemos. En efecto, las proyecciones muestran que pasaremos de un estado interglaciar que se ha mantenido en los últimos 1.2 millones de años atrás, durante el Cuaternario Tardío, a un estado de tierra caliente, visto por última vez en el pasado cercano durante la mitad del Mioceno, hace 15-17 millones de años atrás. Allí, las temperaturas medias entre 4-5ºC por sobre la temperatura media alcanzada en 1990 en nuestro año calendario, que es lo que se espera que ocurra hoy en día si no se realizan cambios significativos en las políticas gubernamentales (escenario de business as usual), significó un aumento del nivel del mar entre 10 a 60 metros con respecto a nuestra época (Steffen et al. 2018). Esto, claramente arriesga a gran parte de la población humana que vive en las costas: para el año 1994, 37% de la población humana vivía a 100 km de las costas (Cohen et al 1997). Además, la tasa acelerada en que están ocurriendo los cambios dificulta la adaptación de los diferentes organismos vivos, evidenciándose en el gran número de especies extintas que se ha ampliamente descrito (Barnosky 2011, Ceballos et al. 2015), lo que arriesga el mantenimiento de los sistemas ecológicos o ecosistemas. Esto último es de vital importancia, pues es justo en los ecosistemas, definidos como "unidad espacio-temporal que agrupa a todos los individuos vivos de una comunidad y sus interacciones con el ambiente físico (Odum 1969)", que todos los organismos vivos, ser humane incluid@, obtienen todo lo necesario para poder desarrollarse como individuos, población y especie en el tiempo. En otras palabras, es justo a través de tal red de interacción entre especies y ambiente que los ecosistemas ​ciclan ​la energía y la materia en sus diferentes formas, y se obtienen los nutrientes para vivir. Por lo tanto, para que una especie, en nuestro caso de interés, el humane, pueda mantenerse en el tiempo, sólo resulta posible cuando ésta se encuentra en ​equilibrio​ dentro de la red de interacción ecosistémica. Hoy en día, tales redes están en riesgo.

Recuento histórico (moderno) de la problemática ambiental y qué políticas (erradas) se han adoptado al respecto[editar]

Aún cuando el impacto del ser humano sobre la naturaleza se había reportado desde los inicios de la revolución industrial, hacia finales de 1800, no es sino hasta bien avanzado el siglo XX, alrededor de 1970, que tal relato permea hacia distintas áreas del conocimiento, con implicaciones directas para la supervivencia de nuestra propia especie, les humanes. Desde los escritos naturalistas de Alexander von Humboldt en 1800, en los que claramente identifica la capacidad humana de modificar los ecosistemas con consecuencias devastadoras para su funcionamiento; el trabajo de Thomas Malthus, también a finales del siglo XIX, en el que conceptualiza una catástrofe de hambruna y violencia para la humanidad como consecuencia de la falta de producción de alimento para una creciente población humana; los análisis matemáticos de Vito Volterra de 1920, que demuestran cómo la pesca depreda sobre la población de peces y disminuye así significativamente sus números poblacionales; la queja escrita en los cuentos de Horacio Quiroga del impacto del ser humano sobre los animales de la selva y los complots que estos realizan para salvarse (la anaconda en 1921 y el regreso de la anaconda en 1926); la denuncia en el libro de la primavera silenciosa de la bióloga Rachel Carson, de 1962, que reporta los impactos de los pesticidas sobre la supervivencia de la fauna silvestre; hasta el desarrollo de teoría ecológica por Eugene Odum en 1969 para ayudar a “resolver la crisis ambiental que vive el ser humano”, el impacto que la industrialización de la economía tenía sobre la naturaleza ya poseía una gran evidencia escrita y científica.

Toda esta evidencia debería haber sido más que suficiente para obligar un cambio en la forma en que las sociedades humanas modernas se estaban relacionando con el ambiente; sin embargo, no es hasta la publicación del estudio científico de los límites del crecimiento de Dennis Meadows y colaboradores, en 1972, que el paradigma de desarrollo económico no entra en cuestionamiento a escala mundial y hacia las esferas políticas (ver análisis en Purvis et al. 2019). Meadows y colaboradores ponen por primera vez en evidencia explícita, y a través de simulaciones, la posibilidad del colapso de la sociedad humana por la explotación infinita de ambientes naturales finitos. El estudio ganó aún más visibilidad con la crisis del petróleo que ocurrió un año después, en el 1973, evidenciando en forma al fin tangible la capacidad de nuestra especies de arriesgar justo el recurso energético más vital que sostenía y que aún sostiene a la sociedad humana moderna. Sólo ante la posibilidad de un colapso demográfico global es que empieza la discusión sobre la sostenibilidad del sistema socioambiental en otras esferas más allá de la ecología, y en particular, hacia el ambiente político y gubernamental.

Ante lo grande del permeo de este concepto de sostenibilidad en los medios, y su implicancia sobre las calidades de vida de las personas, las Naciones Unidas (UN), órgano internacional que por propósito busca “evitar nuevas guerras entre países y la existencia de desigualdades sociales entre las personas, fomentando la tolerancia y la cooperación entre sus integrantes” Carta de la UN (1945), decide abocar una parte importante de sus discusiones hacia lograr lo que ellos definen como desarrollo sostenible. La UN es una organización intergubernamental (es decir, que se conforma por diferentes naciones soberanas o países) y que se instaura luego de la Segunda Guerra Mundial, el 24 de Octubre de 1945, con 50 países soberanos apoyando su creación en San Francisco, EEUU. Hoy, 193 países la conforman. Es justamente entonces el inmenso riesgo social y bélico que significa seguir el impacto que se estaba llevando sobre el ambiente que motiva, o más bien, moralmente obliga a la UN a formar parte de las discusiones sobre cómo se podría alcanzar un escenario en donde la sociedad humana moderna limitara el deterioro del sistema natural, del cual no sólo es parte, sino que depende para su existencia. Es por esto que la UN organiza en 1972 la primera Conferencia sobre el Medioambiente Humano, conocida también como la Conferencia de Estocolmo [1], en donde se examina a nivel gubernamental la relación que existe entre el desarrollo económico, tan deseado y buscado por el régimen capitalista, y la degradación ambiental, marcando con esta reunión un punto sin retorno en el desarrollo de políticas ambientales a escala internacional.

Claramente, la motivación detrás de esta conferencia y el objetivo de la UN es loable, aunque veamos que luego de más de 40 años desde que se realiza esta cumbre, el objetivo trazado por la UN no sólo dista de conseguirse, sino que se aleja cada día más. ¿Qué es lo que ha fallado en sus políticas? ¿Cómo es que si más de 190 países deciden unirse en un único rumbo, la meta trazada se vuelva cada vez más difícil de alcanzar? La respuesta, si indagamos con meticulosidad, está justo en el paradigma de sostenibilidad que esta organización intergubernamental decide fijar como definición (ver Purvis et al. 2019). Y es que si estudiamos el contexto histórico y las discusiones que se tenían sobre el tema, vemos que la Conferencia de Estocolmo hace que permee a nivel global la definición más controversial de sostenibilidad que menos apoyaban los científicos (necesario ampliar con Van Naess y otros autores sobre ecología profunda, una leve revisita en Purvis et al. (2019)), y que, con el tiempo, se ha demostrado como causante de los mayores estragos a nivel medioambiental y social. Claramente, decidir crecer económicamente para salvaguardar el componente social y medioambiental, tal como lo plantea la UN Sustainable Development Goal #8, sigue contradiciendo lo que el informe de Meadows y colaboradores hace tanto tiempo encontraron: que cualquier tipo de crecimiento infinito en un sistema finito resulta contradictorio, un oxímoron. Se comprueba una vez más cómo las decisiones económicas se sobreponen por sobre toda la evidencia científica y social que propone un cambio de paradigma en la última reunión sobre el cambio climático que la UN realizó, conocida como la veinticincoava Conferencia Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25), y toda la problemática que la negociación, liderada por Chile, derivó. Una vez más, las decisiones se mantienen en favor de las empresas y gobiernos que arriesgan al ambiente (basado en extractivismo [2]), en pro del "desarrollo" de algunos pocos poderosos con el costo que esto significa para todos los demás humanes, especies, ecosistemas y el planeta. Esto facilmente se comprueba en la falta de ambición que el primer draft que la presidencia de la COP25 propone para la negociación, y sobre la cual es lo que hoy más en día se critica sobre el rol de Chile en tal reunión, dificultando lograr mejores y más ambiciosos acuerdos a partir de una base de negociación tan baja como la otorgada por la Ministra Schmidt (ingeniera comercial de profesión [3]).

Hoy en día, un sinfín de autores sociales y científicos han propuesto un sinfín de salidas sostenibles para la economía y que permiten obtener justicia ambiental y social. Sin embargo, hasta que los poderosos no quiten su ambición, o el colectivo despierte por completo y decida como consumidor apoyar las causas justas y considerarse como autor@s de las trayectorias futuras, no veremos muchos cambios al status quo, arriesgando una sexta extinción masiva que muy probablemente incluirá al humane.

Recuento histórico (moderno) del desapego del ser humane a su territorio (y su ecosistemas) y sus consecuencias para otras culturas humanas y el ambiente[editar]

El ser humane es una especie cultural, lo cual significa que cuenta con estrategias socialmente aprendidas para enfrentar las dificultades y limitaciones que le impone el ambiente (Boyd y Richerson, 1996). Tales estrategias son consecuencia de la interacción entre los individuos de una población, lo cual origina nuevos elementos materiales y de procesamiento de información, denominados como tecnología, y que son capaces de ser compartidos entre todos los integrantes a través de un proceso de copia y aprendizaje (Boyd y Richerson 1996, Henrich 2004, Santoro et al. 2016). Lo particular de nuestra especie está en el amplio uso de tal estrategia social en el desarrollo continuo de tecnología que secuestra para sí mismo los procesos ecosistémicos, para así potenciar su propio crecimiento poblacional y la complejización de sus sociedades. La estrategia cultural se ha vuelto tan eficiente en nuestra especie que hoy en día logramos modificar tales herramientas culturales dentro de una misma generación de individuos, lo cual da pie a la acumulación de herramientas cada vez más eficientes (Enquist et al. 2008).

Las tecnologías de secuestro energético por parte del humane empezaron desde la domesticación animal y la agricultura, hace 10.000 años, cuando los grupos nomádicos de cazadores-recolectores lograron asentarse, crecer en número poblacional y complejizar sus sociedades. Luego, con el dominio de las fuentes de energía no renovables o extra-metabólicas, principalmente el combustible fósil descubierto durante la Revolución Industrial, se experimentó la mayor complejización de la estructura e infraestructura social del humane, junto con el potenciamiento del crecimiento poblacional. El acceso a estas nuevas fuentes de energías (carbón, gas y petróleo) permitió realizar un mayor trabajo que aquel que obteníamos de la explotación de la producción primaria, pudiendo desarrollar toda la maquinaria que sostiene hoy en día las sociedades modernas.

Con el posterior desarrollo de la tecnología, el ser humane fue capaz de separar físicamente la ubicación de sus asentamientos poblacionales de los procesos que los sostienen, agrupándose en sistemas urbanos y sistemas rurales. Tal diferenciación disoció en gran medida las funciones que se cumplen en ambos lugares, y les humanes terminaron desapegándose en gran medida de los ecosistemas que los sostienen (Burger et al. 2017). Más aún, debido a la globalización y el comercio internacional, la especialización en la explotación de los ecosistemas se ha ampliado a diferencias entre países. Así, tenemos países cuya economía se basa en la explotación y exportación de materias primas, clasificados como periféricos; mientras que los países basados en procesos industriales son denominados centrales. En general, los países centrales han basado su crecimiento en el desarrollo industrial y tecnológico, lo cual les ha permitido alcanzar altos niveles de producto interno bruto (Hidalgo et al. 2007). No obstante, los países tecnológicos son también los que mayor consumo energético per cápita poseen (Brown et al. 2011), lo que implica un impacto mayor si sus demandas son satisfechas por los países periféricos que carecen de tal desarrollo tecnológico (Meyfroidt et al. 2011).

Tal especialización económica ha conllevado a que las demandas energéticas de un país o región en particular puedan suplirse desde otros sitios: esto es cierto para los países europeos, los cuales albergan gran número de habitantes en una superficie reducida, realizando una gran importación de alimentos y materias primas para sostener tanto a su población como sus actividades industriales (Meyfroidt et al. 2011). Así, este fenómeno implica que el impacto ecológico de un país no debería ser ya medido sólo por las actividades que se desarrollan dentro de sus fronteras políticas, externalizando el impacto de la producción hacia otros países, los cuales absorben las implicaciones ecológicas y sociales de tales demandas. Se han encontrado patrones muy interesantes a partir del estudio de tal impacto externalizado. En particular, se ha determinado que algunos sistemas urbanos que implementan serias políticas verdes dentro de sus fronteras y que se reconocen comúnmente como “de bajo impacto ecológico”, son realmente grandes “depredadores” del entorno, si incluimos en tal análisis las redes de comercio internacional (ver caso de Seattle en Burger et al. 2012).

Desde el colonialismo, Suramérica ha sido tratada históricamente como región periférica. Y aún con su independencia, los dirigentes han mantenido tal status quo extractivista, con gobiernos que se adscriben tanto a políticas de izquierda (progresismo) y de derecha (conservadores), saqueando todos sus ecosistemas e incluso matando a las comunidades humanas aledañas a tales territorios (las tan conocidas "zonas de sacrificio" [4]) en vista de un "progreso" socio-económico que nunca llega (y que se exporta hacia la élite local y alimenta las economías de otras potencias lejanas) (Gudynas 2018). Más aún, los daños asociados al extractivismo en esta región arriesgan al planeta entero, por el gran daño ambiental que tales industrias extractivistas generan sobre ecosistemas claves en el mantenimiento de los procesos naturales a escala global. Así, convertir el Amazonas en una zona petrolera y ganadera, sin piedad con las comunidades humanas que allí habitan, por ejemplo, entre tantos otros ejemplos, sólo termina por llevarnos a la extinción masiva y con esto, de nuestra especie. A su vez, perder el conocimiento de interacción de otras culturas huamans más amigables con el ambiente tan sólo erradica información vital sobre cómo podemos obtener un bienestar realmente socioambiental para nuestra especie.

CONSENSOS PARA INCORPORAR ESTOS PRINCIPIOS EN UNA CONSTITUCIÓN SOCIO-AMBIENTAL SOSTENIBLE[editar]

BIOCENTRISMO[editar]

el ser humane es sólo una parte de los ecosistemas, y necesita de ellos en buen estado para poder vivir como individuo, población, sociedad y especie.

BASAMENTO EN LOS CICLOS BIOGEOQUÍMICOS EN EL SOSTENIMIENTO DE LOS ECOSISTEMAS LOCALES:[editar]

reconocer el ciclaje de la materia y la energía a través de los procesos naturales que ocurren en los ecosistemas y entre ecosistemas, incluso a escala global. Reconocer que no tenemos ni probablemente tengamos acceso a decifrar lo que la evolución ha generado a través de millones de años, por lo que un argumento positivista y/o cornucópico, propio de los economistas (Von Foerster 1960, Costanza 2000) y en el que la tecnología nos salvará de todos los problemas, es no sólo improbable, sino iluso.

APEGO AL TERRITORIO:[editar]

la externalización del impacto ambiental sólo trae injusticias socioambientales, por lo que sólo entendiendo el efecto que nuestras acciones tienen por sobre el territorio que habitamos podremos realmente sensar y limitar el costo del "progreso" de la sociedad.

ELIMINACIÓN DE LOS TRATADOS DE LIBRE COMERCIO[editar]

En particular, existe un gran riesgo en estos tratados cuando permiten que se juzguen las políticas nacionales (potencialmente protectivas en la dimensión socioambiental) ante cortes internacionales, con la justificación que las empresas (extractivistas en el caso de Suramérica) logren justificar que esas leyes no les permiten alcanzar las principales metas (económicas). Tener en cuenta que muchos tratados internacionales no consideran la justicia ambiental, y pueden dejar de lado la justicia social (TPP11 como ejemplo de un tratado que no considera al ambiente)

RECONOCIMIENTO DE LA COLECTIVIDAD Y LA COOPERACIÓN COMO FUERZA PRINCIPAL PARA ALCANZAR LA SOSTENIBILIDAD, POR SOBRE LA FUERZA DE LA COMPETENCIA[editar]

Históricamente se le ha dado mucho peso a la competencia como fuerza modeladora de la economía y la ecología, pero en la actualidad, se sabe que la cooperación es una fuerza sino más importante, al menos igual de importante en estructurar a las poblaciones, comunidades y ecosistemas, a la vez de potenciar la innovación tecnológica (Romer y Jones 2009)


REFERENCIAS[editar]

- Barnosky AD, Matzke N, Tomiya S, Wogan GO, Swartz B, Quental TB, ... & Mersey B (2011). Has the Earth’s sixth mass extinction already arrived?. Nature 471(7336): 51.

- Boyd R, Richerson PJ (1996) Why culture is common, but cultural evolution is rare. Proceedings of the British Academy 88: 77–93.

- Brown JH, Burnside WR, Davidson AD, DeLong JP, Dunn WC, Hamilton MJ, ... & Zuo W (2011) Energetic limits to economic growth. BioScience 61: 19 – 26.

- Burger JR, Allen CD, Brown JH, et al. (2012) The Macroecology of Sustainability. PLoS Bioliogy 10(6): e1001345.

- Burger JR, Weinberger VP, Marquet PA (2017) Extra- metabolic energy use and the rise in human hyper-density. Sci. Rep. 7: 43869.

- Ceballos G, Ehrlich PR, Barnosky AD, García A, Pringle RM, Palmer TM (2015) Accelerated modern human–induced species losses: Entering the sixth mass extinction. Science advances 1(5): e1400253.

- Cohen JE, Small C, Mellinger A, Gallup J, Sachs J (1997). Estimates of coastal populations. Science, 278(5341): 1209-1213.

- Costanza R (2000) Visions of Alternative (Unpredictable) Futures and Their Use in Policy Analysis. Conservation Ecology 4(1).

- Enquist M, Ghirlanda S, Jarrick A, Wachtmeister CA (2008) Why does human culture increase exponentially? Theor. Popul. Biol. 74: 46 – 55.

- Gudynas, E (2018) Extractivismos y corrupción: anatomía de una íntima relación. Editorial Quimantú. Pp 212.

- Henrich J (2004) Demography and cultural evolution: how adaptive cultural processes can produce maladaptive losses: the Tasmanian case. Am. Antiquity 69: 197 – 214.

- Hidalgo CA, Klinger B, Barabasi AL, Hausmann R (2007) The product space conditions the development of nations. Science 317: 482 – 487.

- Meyfroidt P, Rudel TK, Lambin EF (2010) Forest transitions, trade, and the global displacement of land use. Proc. Natl Acad. Sci. USA 107: 20917– 20922.

- Odum EP (2014) The strategy of ecosystem development. In The Ecological Design and Planning Reader (pp. 203-216). Island Press, Washington, DC.

- Purvis B, Mao Y, Robinson D (2019) Three pillars of sustainability: in search of conceptual origins. Sustainability Science 14(3): 681-695.

- Romer PM, Jones CI (2009) The New Kaldor Facts: Ideas, Institutions, Population, and Human Capital. Working Paper. National Bureau of Economic Research, junio de 2009. http://www.nber.org/papers/w15094.

- Santoro CM, Capriles JM, Gayo EM, de Porras ME, Maldonado A, Standen VG, ... & Uribe M (2016) Continuities and discontinuities in the socio-environmental systems of the Atacama Desert during the last 13,000 years. J. Anthropol. Archaeol 46: 28–39.

- Steffen W, Rockström J, Richardson K, Lenton TM, Folke C, Liverman D, ... & Donges JF (2018) Trajectories of the Earth System in the Anthropocene. Proceedings of the National Academy of Sciences 115(33):8252-8259. [5]

- von Foerster H, Mora PM, Amiot LW (1960) Doomsday: Friday, 13 November, A.D. 2026. Science 132(3436): 1291-96.